Ser feminista en el siglo XXI significa apostar decididamente por la igualdad y por la democracia. Porque eso es precisamente el feminismo: una teoría de la democracia. Ser feminista significa inscribirse en una tradición intelectual, un movimiento social, una práctica política y un discurso ideológico que han contribuido decisivamente a ampliar los derechos de las mujeres, entendiendo que los derechos no son otra cosa que recursos y entendiendo también que éstos no son solamente económicos y políticos, sino también culturales, de autoridad o autonomía, entre otros. Y eso es precisamente la igualdad: repartir paritariamente los recursos entre hombres y mujeres, introducir la paridad en la política y en el mercado laboral, en los poderes fácticos y en los de representación del estado, en el mundo de la cultura y en la familia… El feminismo hoy puede ser representado con una palabra: PARIDAD. Eso sí, a condición de que se entienda que la paridad no consiste sólo en igualar nuestra presencia en los espacios políticos (que es importantísimo) sino sobre todo en erosionar los múltiples y casi siempre invisibles e inarticulados mecanismos de subordinación y explotación de las mujeres.
Sin embargo, todo esto sólo es posible si las mujeres feministas construimos una estrategia viable y efectiva. Muchas de nosotras pensamos que la estrategia más efectiva es la de los pactos entre mujeres. El feminismo, si aspira a volverse socialmente hegemónico y ganar espacio en el centro simbólico de la sociedad, debe apoyarse en una amplia red de pactos entre mujeres como muestra de su carácter inclusivo y señal de su eficacia política.
El feminismo también tiene que desarrollar una estrategia de vínculos con grupos de mujeres que no se autocomprenden a sí mismas como feministas para realizar acciones políticas concretas. Como señala Barbara Hobson, la construcción de una identidad feminista puede contribuir a la constitución de electorados, a la creación de una nueva conciencia feminista entre las mujeres y a su conversión en un actor social clave en las sociedades actuales. El reto del feminismo es crear una conciencia colectiva entre las mujeres, entre aquellos sectores sociales y grupos políticos con quienes establezca alianzas y entre la población en general.
El objetivo de los pactos entre mujeres debe ser la construcción de un espacio político feminista. Como señala Celia Amorós, no se trata sólo de tomar la palabra en el espacio público, lo que es fundamental. Se trata también de lo que se dice en él. Este espacio político feminista sólo puede crearse mediante pactos entre mujeres. A las redes masculinas de poder _las formales y las informales- se les deben oponer los pactos entre mujeres. A pesar de la complejidad de los intereses ideológicos que nos separan hay que construir una identidad colectiva feminista fuerte, y a la vez integradora de nuestras diferencias, que persuada a las instituciones y a la sociedad de que hay que realizar repartos de poder paritarios.
La elaboración de un discurso feminista coherente, inclusivo y autónomo, presente en el espacio público, es la condición de posibilidad para un movimiento social que aspira a ser un actor colectivo con capacidad de intervención en la sociedad. El feminismo tiene que crear espacios discursivos en la esfera pública a fin de modificar el componente patriarcal de nuestra cultura política.
Razones estratégicas, y en ocasiones de supervivencia política, empujan a los colectivos oprimidos a articular sus luchas específicas en alianza con otros colectivos subordinados y a establecer vínculos entre sí. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que, en efecto, puede existir un discurso feminista que ocupe un espacio del centro simbólico de la sociedad y un movimiento social con capacidad de movilización, pero al mismo tiempo carecer de canales políticos o instituciones para concretar las políticas feministas. Tal como señala Barbara Hobson, el discurso feminista puede alcanzar grados razonables de hegemonía ideológica y de movilización política y sin embargo carecer de capacidad para abrir oportunidades políticas.
El discurso feminista no tiene sólo que persuadir a la sociedad de la racionalidad de sus objetivos políticos, sino que también tiene que encontrar los medios para imponerse a los intereses patriarcales de las elites masculinas. Hay que desarrollar una estrategia de presiones en todos los ámbitos de la sociedad y frente a todos los colectivos que bien activa o bien pasivamente muestran resistencias a la emancipación de las mujeres. Para ello es necesario articular políticas de alianzas con otros sectores sociales. Y esto es particularmente relevante en el caso del feminismo debido a que en su seno confluyen todas las variables sociales: clase, raza, preferencia sexual, nacionalidad, etnia, etc. .
Un movimiento social fuerte no garantiza el éxito político si no se crean paralelamente canales políticos e instituciones que implementen las políticas de igualdad (institutos de la mujer, concejalías o direcciones generales de la mujer y por supuesto las políticas transversales). El feminismo no puede permitirse el lujo de ser sólo un movimiento social. Debe introducirse en todos los espacios de poder, institucionales y fácticos, hasta alcanzar presencias paritarias en todos los ámbitos de decisión. Amelia Valcárcel lo explica muy bien cuando subraya que el feminismo es una ideología racionalista e igualitaria que también ha de plantearse constituirse como una teoría de las elites.
Para concluir, los grandes retos del feminismo en el siglo XXI creo que son desactivar algunos de los mecanismos que alimentan la violencia y la pobreza que padecen las mujeres en todo el mundo. Sin embargo, quizá el camino más directo sea vindicar políticamente una democracia paritaria sólida, profunda y extendida a todos los espacios público-políticos, a los domésticos y a la sociedad civil en su conjunto. Y la mejor herramienta para conseguir este objetivo son los pactos políticos entre mujeres. Las mujeres de la política y de la administración, de la universidad y de la sociedad civil, debemos marcarnos objetivos políticos, aunque sean de mínimos, en los que casi todas coincidamos y en torno a esas vindicaciones establecer un pacto político entre nosotras para compensar el déficit de derechos y recursos que tenemos las mujeres en este mundo global y crecientemente neoliberal.
***Rosa Cobo,profesora titular de Sociología de la Universidad de A Coruña, feminista y autora de libros como, entre otros, “Educar en la ciudadanía. Perspectivas feministas” (Editorial Libros de la Catarata) o “Fundamentos del patriarcado moderno. Jean Jacques Rousseau” (Cátedra. Compartió con socias y amigas del Club de las 25 una charla y coloquio sobre “La reivindicación del feminismo como un proyecto político, no partidista, para las mujeres.” |